Desde antes de formarme como consteladora, reflexionaba sobre el lugar de cada quien en el mundo, me parece impresionante cómo podemos ser tantos seres habitando la tierra, parte de una misma “especie humana” y al mismo tiempo tan únicos. Cada persona que he conocido es un mundo, un universo en si mismo, con historia, elecciones, perspectivas, que difieren o no de las creencias sociales, pero con una mirada particular, cada vez que se logra profundizar. ¿Qué hace entonces que una persona dentro de una misma familia, cultura, con aparentemente la misma crianza, sean diferentes entre si? La paradoja de ser únicos, irrepetibles y también similares, ha estado al centro de las reflexiones sobre la biología, psicología, crianza, tradiciones, patrones culturales, etc. Y parece ser paradójico, pero es y funciona, somos a la vez individuales y colectivos. Puede ser que algunas sociedades decidan, o estén construidas más “individuales” que “colectivas” y viceversa, organizarse de diferentes maneras, según el lugar que ocupa el individuo en la valoración de esa sociedad. Pero a nivel personal, cuando profundizamos en cada quien podemos decir también que ES en sí mismo. Desde la visión sistémica, se podría decir, que todos de alguna manera u otra pertenecemos. Cada cual ocupa un lugar en su colectivo, un espacio propio en este orden mayor, y la pertenencia es entonces un valor sistémico. Se considera parte fundamental de los “ordenes del amor” en Bert Hellinger. Pero cómo se vive esa pertenencia internamente? Se dice también que una de las cosas que genera un desorden y síntomas en los integrantes de un sistema es el intento de “exclusión”, de borrar, invisibilizar, rechazar o ignorar a alguien o algo que pertenece a ese sistema. Generalmente, la exclusión ocurre por no seguir la reglas, moralidades, acciones correctas que ha establecido ese colectivo, y entonces aparentemente “dejar de pertenecer”, pero esto en la “realidad mayor” no es así. Se dice también desde la perspectiva sistémica que entonces el colectivo, en las nuevas generaciones repetirán la historia, o el destino de esa persona “excluida” para mostrar que sigue estando ahí, para darle un lugar a través de ellos, hasta que se le de, reconozca, reestablezca o se honre su lugar propio. Pero cómo se “ejerce” eso adentro? Sentirse perteneciente, es algo que de alguna manera todos los seres humanos queremos, en algún momento de nuestra historia incluso de eso dependía nuestra sobrevivencia física, nos agrupábamos para poder sobrevivir en un medio ambiente hostil, para defendernos de animales, depredadores, de alguna manera sentimos la pertenencia como de “vida o muerte”, y emocionalmente, la presencia, toque, amor, aceptación de la familia, el grupo, la comunidad, el entorno, la conexión, es también en cierto sentido, de vida o muerte. La soledad, la separación, el rechazo, la percepción de exclusión, es posible que se sienta incluso “dolorosa” físicamente. Entonces qué significa internamente ocupar nuestro lugar? cómo se reconcilia ser sí mismos y al mismo tiempo adaptarse a las normas, reglas, valores de la familia o del grupo para poder “pertenecer”? Son en realidad excluyentes? Desde una visión sistémica, podemos decir que desde que “existimos”, ya pertenecemos, que el sólo hecho de existir, de comenzar a ser una posible vida, nos da un lugar en la existencia, nazcamos o no. Es por eso también, que en constelaciones, las pérdidas, muertes prematuras y abortos, son considerados y contados como parte de la familia. Es sanador, necesario y acorde con la realidad del sistema familiar, darles la “honra”, reconocerles el lugar desde esta perspectiva sistémica. Reconocer que esa potencial vida nos trajo algo, una reflexión, una experiencia, un movimiento, y que de alguna manera tuvo y tiene su lugar en la historia, identidad, existencia familiar o colectiva. Entonces, desde esta mirada, es necesario que tengamos en consideración, que hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, tenemos un lugar, una pertenencia en la existencia. La vida como vida, en su amor incondicional y/o neutralidad, considera que tenemos un lugar propio, que ese espacio que ocupamos es único, irrepetible, parte del colectivo, y entonces que nos corresponde decidir qué hacer con ello. Ocupar el propio lugar, es entonces primero reconocer el propio lugar, saber que hay un propio lugar, sólo por el hecho de existir, y que se va nutriendo de otras características que podamos considerar para irlo sintiendo, o irlo “ocupando” auténticamente en la vida. Por ejemplo, lugar de nacimiento en la tierra, nacionalidad, número de hijo, hija o hermano, hermana en el sistema familiar, la cultura a la que “llegamos”, la astrología asociada a ese momento de nuestro nacimiento, nuestras tendencias, adn, historia familiar o ancestrología (la sepamos o no la sepamos), nuestra personalidad, vivencias en la niñez, inteligencia racional, inteligencia emocional, creencias, intereses, atracciones, identidades, orientaciones, recuerdos, historias álmicas, etc, etc. Se podría decir que todo, todo eso y lo que queramos considerar para poder entendernos internamente, es parte de nuestro lugar, de nuestro aporte, y de nuestro “propósito” o aporte entonces al mundo, al colectivo humano, terreste y universal. Para algunas personas será más importante que para otras conocer eso en profundidad, conocerse a sí mismos, con todas esas características y herramientas, y para otros tal vez no. El punto en este caso, es que “en realidad” no necesitamos “hacer nada” para tener nuestro lugar propio en la existencia, ya lo tenemos por el hecho de existir, y si es que lo queremos, “ocupar nuestro lugar”, significa entonces profundamente SER nosotros mismos. Podemos incluso decir, que el colectivo humano, y que nuestro colectivo familiar, de alguna manera “llama” o “crea” a quienes necesita que encarnen, con sus intereses y características. Invito entonces a reflexionar sobre esto, para nutrirnos de nuestras raíces y desde nuestra propia semilla dar en el mundo los frutos que traemos, que somos, que nos corresponde también entregar, asi tal cual, como seres únicos y partes también de un colectivo mayor.